«Tengo igual profesión de pintor que de trotamundos; me interesa captar las escenas espontáneas que se miran al caminar, siempre me han interesado las culturas originales, sus objetos y creaciones artísticas, sus leyendas e historias; también me gusta retratar la naturaleza humana, así de compleja y así de diversa que es.» — Javier Arévalo
Javier Arévalo nació en la ciudad de Guadalajara, Jalisco, el 29 de abril de 1937; formó parte medular de la nueva ola de los años sesenta, consolidándose dentro del movimiento de los Interioristas y el realismo mágico, desmarcándose de La Ruptura para trazar un camino profundamente propio. Su pincel no buscaba la complacencia ni la perfección técnica de la línea; se consagró a la urgencia de atrapar el alma del pueblo y la imperfección sagrada del sentimiento.
Entrar en su universo no es un simple ejercicio de observación; es asistir a un desgarramiento del alma, y simultáneamente, a una celebración donde la belleza nos desborda. La obra del maestro Arévalo no exige el ojo de un crítico de arte, simplemente demanda la mirada y la pasión de quien ha amado con intensidad y de quien ha caminado por las calles de nuestro bello México sintiendo su pulso enigmático y su latido apasionado; en sus lienzos habita el olor a tierra mojada, el grito vivo de los mercados, el incienso de la purificación y el eco ensordecedor de la soledad compartida.
Javier Arévalo fue, es y será el eterno buscador de realidades. A diferencia de otros creadores, Arévalo pintó las arrugas del mundo con la textura del tiempo, recordándonos cuánto hemos vivido, amado, sufrido y resistido a lo largo de nuestras vidas. Sus colores, en los que el rojo pasión y el gris del olvido conviven en un equilibrio necesario, no obedecen al azar: son un diálogo constante para no perderse en la oscuridad; existe en su trazo un «nosotros» en total expansión que nos deja al desnudo, mostrándonos como seres de carne, huesos y sueños suspendidos en el aire de una nación que nunca deja de inventarse a sí misma.
A lo largo de su prolífica carrera, su compromiso con lo invisible y su maestría plástica lo hicieron acreedor a los más altos reconocimientos nacionales e internacionales, entre los que destacan: Cinco premios como alumno de la Real Academia de San Carlos. Premio Nacional de Pintura (Fiestas de Octubre, Guadalajara, 1966). Premio de Adquisición de Pintura (Lugano, Suiza, 1969). Primer Premio en la Séptima Bienal Internacional de Arte Gráfico (Tokio, Japón, 1970). X Bienal de San Juan del Grabado Latinoamericano y el Caribe (Puerto Rico, 1993). Premio Jalisco en Artes Plásticas (Gobierno del Estado de Jalisco, 2000). Medalla José Clemente Orozco (Museo Regional de Jalisco, 2011), entre otros.
Hoy en día, su legado se resguarda en las colecciones de los museos más importantes del mundo, incluyendo el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, el Museo de Arte Moderno de México, el Museo de Arte Moderno de Lugano (Suiza), el Museo de Arte Moderno de Tel Aviv (Israel), la Biblioteca Nacional de Francia en París, el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO), el Museo de las Artes de Guadalajara (MUSA), el Museo José Luis Cuevas, y el acervo de la Secretaría de Relaciones Exteriores, entre otros.
Los cuadros reunidos en este singular espacio que nos ofreció el maestro Sebastian se entregan como una carta de amor escrita en una servilleta, listos para recordarnos que el arte, como el amor, es lo único que nos salva del amargo silencio.
Bienvenidos a este recorrido. Pasen, vean y, sobre todo, déjense doler por la belleza, porque la alegría también es una forma de la valentía.